Escapate del escaparate

Paseando por las calles de Barcelona me sentí observada de repente. Después de buscar durante un rato con la mirada de donde podía surgir esa sensación me di cuenta de que se trataba de los maniquíes encerrados detrás de los escaparates de las tiendas.

Miles, millones de mujeres contemplandonos desde su trono de cristal, viendonos actuar y vivir. Fue entonces cuando comencé a estudiarlas y me di cuenta de que podía exixtir un alma dentro de todo ese plástico y pelucas. Descubrí en sus miradas una fuerza irrefrenable, como si persiguieran algo, una energía viva en busca de un sueño. Se trataba de un instante, un gesto congelado en el vacío del escaparate, como si ya fueran una fotografía de la mujer, del mundo o de esa imagen que nos venden de nosotras mismas, un prototipo de mujer perfecta creada para y por el hombre.

Las veía por todas partes y se convirtieron en una especie de obsesión, un ejercito de maniquíes que nos observan a la vez que nosotros las observamos a ellas. Pequeñas replicas humanas de rígida goma mostrando rostros de gran expresividad y elegancia; cuerpos rígidos, delgados y esbertos tan vivos que llegan a gritar al otro lado de la vitrina, como si en realidad estuvieran furiosas y tristes a la vez por verse encerradas en su cárcel de cristal, jaulas para replicas humanas casi perfectas, que hasta su soledad me parecío equiparable con la soledad que vive el ser humano en la sociedad actual, como un reflejo fiel de la deshumanización de las ciudades modernas. Cuando alcance esta resolución enseguida comprobé que lo que realmente pasa es que están pidiendo auxilio, angustiadas en su impotencia inmóvil mientras nosotros paseamos tranquilamente a su lado sin darnos cuenta de su sufrimiento.

De ahí a comenzar a fotografiarlas fue solo un pequeño paso. Me di cuenta de que podía mostrar mediante estas fotografías la imagen que se ha creado de la mujer como objeto decorativo, esos maniquíes podían representarnos mejor que cualquier mujer de carne y hueso. Convertirse en símbolo de esa mujer anclada a una imagen que la aleja enormemente de la verdadera esencia femenina, manipulada para ocupar un espacio tan reducido y asfixiante como el de esos maniquíes que reflejaban en sus ojos la lucha por la libertad y romper por fin el cristal que les condena, para ser de una vez por todas ellas mismas, sin normas ni ataduras.